Triádico[s]

Investigación en línea sobre la obra de Oskar Schlemmer

Reejecución vs. reconstrucción


Después de participar en el “Taller de reejecución de las Danzas Macabras” que impartió Hilda Islas y de coordinar con ella y con Sergio Honey el “Seminario de reejecución del Ballet triádico”, me queda claro que Hilda elige el término reejecución porque quiere enfatizar:

  1. Que el coreógrafo que reejecuta necesariamente está interpretando.
  2. Que no siempre hay un “original” a reconstruir, sino un proceso que se tiene que volver a ejecutar para encontrar su sentido.
  3. Que es una práctica que implica cierta inestabilidad, ya que no se trata de reconstruir “la versión” congelada de una obra, sino de poner en juego un conjunto de elementos que nos permitan proponer una aproximación.

Llamo la atención sobre la cualidad fragmentaria de este ejercicio. Una obra escénica no es un bloque sólido, sino un juego de piezas que se interrelacionan. Involuntariamente pienso en los móviles de Alexander Calder, pequeños universos que, dentro de un margen limitado de opciones, permiten el movimiento. Una “versión” de una obra puede pensarse como una fotografía que fija un momento particular de la interacción de los elementos que la componen, pero que en manos de alguien más puede producir un resultado completamente diferente.  Quien reconstruye busca reproducir la solidez de un momento, quien reejecuta hace evidente la inestabilidad de los elementos y tal vez incluso juega con la falta de solidez del conjunto. La diferencia entre reconstruir y  reejecutar quizá es una cuestión de intenciones y matices. Donde el término “reconstrucción” pone énfasis en la solidez de la evidencia, el término “reejecución” pone énfasis en la cualidad inestable de la misma. No hay una sola manera de reejecutar una obra (aunque habrá formas más verosímiles que otras). Hilda prefiere el término “reejecutar” al de “reconstruir” porque la palabra reconstrucción hace creer que hay un conjunto de piezas listas para ser rearmadas, como si se tratara de un rompecabezas que tiene equis número de piezas y que puede armarse sólo de una manera. En el caso de la danza, la mayoría de las veces ni tenemos todas las piezas ni estas “encajan” de la forma en que encajarían las piezas de un rompecabezas. Por el contrario, ante un ejercicio de este tipo por lo general tenemos algunas evidencias sueltas que nosotros decidimos acomodar de una u otra forma en una habitación que aunque parezca vacía está llena de nuestras ideas, prejuicios y experiencias previas. La mirada, dice Hilda, es la del investigador criminalístico que usa su intuición (y su olfato) para imaginar lo que pudo haber sucedido. Ni qué decir que cada investigador verá algo diferente en la escena del crimen e iniciará sus indagaciones desde un lugar distinto.

Hecha esta aclaración, invito al lector a revisar conmigo los indicios del Ballet triádico, a sabiendas de que este itinerario es un pequeño archivo personal en el que he ido acomodando las piezas de forma que tengan cierto sentido para mi. Espero que de algunos de los intersticios surja el impulso que detone no uno, sino  múltiples ejercicios de reejecución de esta obra.

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